
En mi interacción con directores y ejecutivos de diversas industrias, he observado un fenómeno particular durante este 2026: el término "ESG" (Ambiental, Social y Gobernanza, por sus siglas en inglés) ha comenzado a generar cierta distancia en las mesas de decisión. Aquella sigla que hace solo tres años era el pilar indiscutible de cualquier reporte de resultados o estrategia corporativa, hoy se pronuncia con cautela. Al contrastar esta realidad con líderes de otros países de Grant Thornton y revisar las publicaciones internacionales, queda claro que no se trata de una anomalía local, sino de una tendencia global.
Sin embargo, es clave no confundir la prudencia discursiva con la inacción. Lo ocurrido durante 2025 no representa un retroceso en los compromisos socioambientales, sino un profundo punto de inflexión. El debate en torno al concepto ha reconfigurado el cómo las compañías abordan la sostenibilidad, priorizando la gestión interna por sobre la exposición pública.
Política y pragmatismo: De la retórica a la resiliencia
La evolución de esta tendencia se refleja con claridad en los datos. Según un análisis de The Conference Board realizado entre directivos de sostenibilidad de grandes corporaciones globales, el 78% de los encuestados percibe un creciente cuestionamiento político y regulatorio hacia el concepto ESG en mercados clave como el norteamericano, una percepción que prácticamente duplica los registros de hace dos años. Lo que inicialmente nació como una métrica de evaluación financiera y gestión de portafolios, temporalmente se vio envuelto en debates de carácter ideológico.
Ante este escenario, las empresas han respondido con pragmatismo corporativo. El 52% de los ejecutivos consultados reconoce que sus organizaciones están redefiniendo sus comunicaciones, sustituyendo la sigla "ESG" por conceptos de mayor arraigo financiero y operativo, tales como "resiliencia de negocio" o "gestión de riesgos a largo plazo". Incluso los grandes administradores de activos globales han reestructurado el vocabulario de sus cartas anuales bajo esta misma lógica.
No obstante, el dato que verdaderamente desmitifica la idea de un "abandono" de la sostenibilidad proviene del informe global de EcoVadis: el 87% de las empresas mantiene o incrementa sus presupuestos destinados a iniciativas sostenibles, aun cuando casi un tercio de ellas ha optado por comunicar estos avances de manera mucho más reservada. Este comportamiento, conocido técnicamente como greenhushing, responde a una estrategia prudencial: las empresas siguen ejecutando sus planes de descarbonización y diversidad, pero prefieren que los resultados hablen por sí mismos, evitando la sobreexposición mediática.
En Europa la evolución es de carácter normativo. La aprobación de la reforma "Omnibus I" por el Parlamento Europeo a finales de 2025 redefinió el alcance de la Directiva de Reporte de Sostenibilidad Corporativa (CSRD), acotando la obligatoriedad inmediata para un número importante de medianas empresas para concentrar los esfuerzos de la Comisión Europea en asegurar la calidad, el control interno y la materialidad real de los reportes de las grandes corporaciones, más que en la acumulación de exigencias burocráticas.
El panorama ESG en Chile: Hacia la madurez operativa
En nuestro país, la transición se está viviendo de manera orgánica y sin las tensiones políticas observadas en otras latitudes. Las empresas locales no se han detenido; al contrario, observamos una aceleración decidida en la adopción de estándares de sostenibilidad, pero con un enfoque notablemente más profesional y técnico.
Desde el área de Auditoría y Sostenibilidad, constato diariamente que las empresas están transitando desde el entusiasmo inicial hacia la rigurosidad del control interno. Hoy, los directorios ya no buscan la sostenibilidad como una herramienta de relaciones públicas, sino como un elemento central de su gobernanza y gestión de riesgos. Existe una conciencia real de que los compromisos climáticos deben ser medibles, auditables y financieramente viables.
Esta madurez se refleja también en las prioridades declaradas. El interés y la urgencia asignada a la gestión del cambio climático y a la medición de la huella de carbono en Chile han mostrado un incremento sustancial respecto a periodos anteriores. Esta tendencia está fuertemente impulsada por la necesidad de cumplir con normativas exigentes como la Norma de Carácter General 461 (NCG 461) de la Comisión para el Mercado Financiero (CMF), que ha elevado el estándar de revelación de información ESG en las memorias anuales.
Asimismo, el avance legislativo del proyecto de ley que regula y sanciona el greenwashing en el Congreso nacional, alineándose con las mejores prácticas de la Unión Europea y la experiencia acumulada en la región, como la de Brasil, viene a consolidar un marco de juego donde solo la información robusta, trazable y verificable tendrá cabida.
En definitiva, no estamos asistiendo al fin de la sostenibilidad. Estamos presenciando el término de la "sostenibilidad performativa", utilizada como escudo reputacional o eslogan publicitario, para dar la bienvenida a la sostenibilidad operativa, integrada en los sistemas de control de gestión, en la contabilidad ambiental y en la mitigación de riesgos financieros.
Para las empresas chilenas y globales, el camino a seguir ya no se define por la estridencia de las declaraciones de intenciones, sino por la solidez de los datos y la capacidad de transformar la sostenibilidad en una ventaja competitiva real, medible y, sobre todo, verificable.