
Entre incentivos torcidos, información incompleta y expectativas desmedidas, la auditoría cumple un rol humilde y decisivo: convertir la confianza en algo verificable, sin prometer milagros.
La auditoría es uno de esos inventos civilizatorios que nadie celebra… hasta que se incendia la casa. No sale en las fotos, no corta cintas, no emociona a la concurrencia. Pero cuando el mercado tiembla, cuando estalla el fraude o cuando un informe “brillante” resulta ser un poema de ciencia ficción, todos preguntan lo mismo: “¿Y quién revisó esto?”
La respuesta está, en buena medida, en la condición humana. La teoría de agencia lo dice sin dramatismo: si alguien administra recursos ajenos existe la tentación, a veces sofisticada, a veces torpe, de confundir el interés propio con el interés del dueño. La auditoría es como el cinturón de seguridad: ojalá no tengas ningún problema, pero igual conviene usarlo, porque reduce el riesgo cuando algo se tuerce.
A eso se suma el problema más extendido y menos moralista: la asimetría de información. Uno sabe, el otro supone. Y cuando la suposición se vuelve norma, el mercado castiga incluso al honesto. El economista estadounidense George Akerlof lo explicó con su metáfora de los limones: si nadie distingue calidad, todos pagan menos. La auditoría, entonces, busca errores y también protege al que hace las cosas bien y no tiene cómo demostrarlo. Por eso, también funciona como señal (Teoría de señalización): dejarse auditar, y hacerlo en serio, comunica algo raro en tiempos ruidosos: “Me atrevo a que me revisen”.
Ahora bien, sería injusto pensar que la auditoría existe solo porque somos pícaros. La teoría del stewardship recuerda que mucha gente intenta actuar correctamente y necesita más brújula que patrullaje. En ese caso, auditoría no es policía: es estructura, disciplina, método. Y, de paso, un pequeño antídoto contra el autoengaño corporativo, que suele venir con un lenguaje muy convincente.
Pero la auditoría no vive solo dentro de la empresa: vive frente a la sociedad. Ahí asoma la vieja idea de la confianza inspirada (Teoría de la Confianza Inspirada), según la cual el público tolera reportes, cifras y métricas, porque existe un ritual razonable de verificación. La auditoría presta credibilidad (Teoría de Lending Credibility) convirtiéndose en un puente que, de no existir, convierte al intercambio en un acto de fe. Y la fe será virtuosa, pero no sirve para conciliar saldos ni para sostener mercados complejos.
También está el costado menos poético. La auditoría opera como seguro (Hipótesis del Seguro). No porque prometa perfección, sino porque hay responsabilidad cuando se falla gravemente. Esa posibilidad de responder disciplina al sistema dado que reduce el incentivo a inventar realidades con Excel y optimismo.
Convencer persuadiendo
Además, en el siglo XXI la auditoría dejó de ser solo financiera. La legitimidad y los stakeholders empujan auditorías de cumplimiento, ética, sostenibilidad, TI. A veces por convicción, otras por presión institucional, porque lo exige la norma, lo pide la industria, lo esperan los bancos, lo reclama el "reputómetro". Incluso cuando nace de la presión, puede mejorar estándares: a veces la civilización avanza así, por pudor.
Si uno mira con ojos de economista, la auditoría también reduce costos de transacción facilitando contratos, bajando fricciones, haciendo posible tercerizar sin caer en la paranoia y asociarse sin caer en la ingenuidad. En un mundo de cadenas de suministro y plataformas, la auditoría es el sistema nervioso del intercambio: sin verificación, el comercio se vuelve nuevamente en un acto de fe y, ya lo dijimos, sabemos que la fe puede ser admirable, pero es pésima para conciliar y cuadrar saldos.
La contingencia remata la lección: no hay auditoría idéntica para todo. El riesgo no es democrático. El buen auditor entiende contexto, procesos, datos, cultura y tecnología. Y además entiende lo más incómodo, que el auditor es humano. Por eso importan las teorías del juicio y decisión: sesgos, exceso de confianza, fatiga. La buena auditoría no elimina el error, lo vuelve más difícil, menos glamoroso, más detectable.
Finalmente, el punto donde el público se impacienta: la brecha de expectativas. Muchos creen que el auditor detecta todo fraude. El auditor serio habla de “seguridad razonable”. Entre ambos hay un malentendido casi literario. Se espera novela policial y se entrega un informe con alcance, materialidad y riesgo. La solución no es desacreditar la auditoría: es entenderla y exigir claridad sobre lo que cubre, rigor sobre lo que afirma y madurez sobre lo que no puede prometer. Nadie en su sano juicio le pide al médico que reviva a un paciente, pero sí que sea diligente en todo su actuar.
Defender la auditoría, al final, no es defender un trámite, sino que poner en valor una idea simple y poderosa: que la confianza no sea un acto de fe, sino una convicción con evidencia persuasiva. Y eso, aunque no tenga fuegos artificiales, es de lo mejor que hemos inventado.
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