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Contabilidad: ¿se puede pensar en un mundo sin contadores?

Alejandro Gutiérrez
Por:
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En la columna anterior hablamos de la historia, del pasado, de cómo la contabilidad fue el paso decisivo desde el caos de la palabra a la disciplina del registro. En el presente, su importancia se aprecia mejor con un experimento mental sencillo: imaginar que mañana despertamos sin contabilidad.

No se trata de pensar en un mundo sin contadores, eso sería tema para otro género literario, sino sin el sistema. Es decir, sin criterios, sin estados financieros, sin registros confiables, sin trazabilidad.

¿Qué pasaría en un escenario así? El crédito se volvería una superstición. Un banco prestando sin contabilidad sería como un cirujano operando sin diagnóstico. Puede ser valiente, pero sería irresponsable. El inversionista no invertiría, adivinaría. Los precios, que hoy condensan información y expectativas, se parecerían más a rumores que a señales. Y una economía de rumores no progresa, se defiende.

Las empresas, esas criaturas que logran coordinar miles de decisiones diarias, perderían su brújula interna. No sabrían qué unidad gana o pierde, dónde se fuga el margen, qué producto sostiene el negocio y cuál lo está hundiendo con una sonrisa. La “rentabilidad” sería una opinión; el “crecimiento”, una consigna; el “éxito”, un relato. Y cuando la gestión se vuelve relato, el primer recurso que se agota es la realidad.

El Estado, sin contabilidad, quedaría desnudo ante su peor tentación: gastar sin memoria, prometer sin costo visible, administrar sin rendición. El presupuesto se convertiría en un mito fundacional que nadie puede verificar. Y cuando el gasto público no se puede verificar, la política deja de ser arte de lo posible y se vuelve arte de lo impune. Lo que llamamos “corrupción”, más que una desviación, sería una forma de funcionamiento.

La vida cotidiana también se resentiría. Contratos, sueldos, impuestos, pensiones, precios, todo descansa en que exista algún tipo de registro confiable que permita decir “esto es lo acordado” y “esto es lo pagado”. Sin contabilidad, la sociedad vuelve al “yo recuerdo”, y el “yo recuerdo” es la antesala del conflicto.

En suma, una civilización avanzada sin contabilidad es un edificio sin vigas. Puede verse de pie por inercia, pero basta el primer temblor para que la confianza se derrumbe. Eso importa porque la economía moderna es, sobre todo, una red de confianzas diferidas: compro hoy y pago después, invierto hoy y retorno mañana, financio hoy y cobro en años. Sin contabilidad, el futuro se vuelve demasiado riesgoso como para habitarlo.